No será la primera ni la última vez que se hable de Castilla, de la Castilla amarilla que con el paso de los años ha dejado su espacio a la modernidad, a la vida del siglo XXI. Amarilla fue, y lo sigue siendo, amarilla de sudor de trigo y cebada. Verde de montaña y vega y morada de uva y remolacha. La Castilla a la que regaló sus versos Machado, la Castilla con la que enamoró Delibes a sus lectores, la tierra del Cid, la que vio nacer y crecer a tantas generaciones que se fueron para no volver, “sístole, diástole, diáspora, fin”.
Dicen que desde aquí se puede ver el cielo, que es envidiable ver las estrellas en una noche de verano, tumbado en algún camino, dicen que el azul, más allá de las nubes se respira allá por donde vayas, dicen que que aquí se puede respirar.
Pero aunque tengamos todo el aire del mundo, aunque seamos una tierra fértil, seguimos sin ser escuchados. Ya hace tiempo que nos han olvidado, los de arriba, o debería decir los del centro, ni siquiera giran la cabeza cuando nos oyen respirar, no intentan escuchar que el oxígeno llega menguado hasta nuestros pulmones. Los que escapan lo hacen buscando esperanza, los que aún quedamos nos ahogamos los unos a los otros para llegar a las islas que sobreviven. Y es que no nos engañemos, hasta la esperanza se pierde cuando nos ves la salida.
Antes de que “la Nada” se lleve todo nuestro reino, los pueblos, ciudades y habitantes de esta tierra lanzamos una bengala, para que nos vean, para que nos escuchen y nos ayuden a buscar soluciones, no de esas cortoplacistas, no de las que ganan votos en las elecciones, queremos inversión para que nadie tenga que volver a escapar por obligación, para que no solo se acuerden de nosotros cuando hay fiesta, para que no vengan solo a pasear si hay una pandemia. En fin, siempre queda el consuelo de pensar que a lo mejor “Bastian” nos está leyendo desde algún desván perdido en el congreso.
