Hoy leía en las redes sociales de El País que según una encuesta, que ellos mismos habían realizado a sus lectores, el 73% de los españoles primaban la salud frente a la economía y que 6 de cada 10 personas estaban de acuerdo con un nuevo confinamiento domiciliario para frenar la segunda ola. Lo más divertido de esta publicación eran, como siempre, los comentarios de los usuarios, no muy de acuerdo con las conclusiones del diario.
Por otro lado, esta semana nos enterábamos de que por fin tiene nombre esta sensación de hastío que nos invade desde la llegada de la Covid a nuestras vidas. Se llama «fatiga pandémica» y se cura no siguiendo las informaciones de la prensa sobre la situación del virus y buscando nuevos objetivos que nos tengan entretenidos. Por su parte, Pfizer asegura que su vacuna va a empezar a distribuirse en diciembre, aunque no será hasta mediados del próximo año cuando las cosas empiecen a normalizarse, lo que dentro de la situación, es una de esas noticias que no dejan tan mal cuerpo.
La realidad es que estamos hasta los huevos, permítanme la expresión, pero es que somos unos animales sociales a los que nos han pedido distancia, unos trabajadores de servicios que nos han obligado a cerrar y unos tramposos de libro que nos escudamos en la pillería española para hacer lo que nos apetece. Y así nos va, para bien o para mal, ni quienes deciden lo que tenemos que hacer están acertando ni los que tenemos que hacer lo que nos dicen lo hacemos, pero todos creemos que tenemos la solución para arreglar lo que está pasando.
Desde luego, a mi no me apasiona que nos vuelvan a encerrar en casa, lo aceptaría resignada, pero no la considero la opción ideal. Quizá este nuevo confinamiento pueda parecerse más a los que se llevaron a cabo en otros países de la Unión Europea y nos dejen seguir sintiendo el aire de la calle, aunque sea solo un rato cada día.
