Esperanzas a medianoche

Comencé a leer «El cielo de medianoche» de Lily Brooks-Dalton («Good mornig, midnight» en su versión original) esperando encontrar una historia de ciencia ficción que me llevase a través de un mundo apocalíptico en el que los dos personajes principales luchaban juntos por salvarse a pesar de estar a miles de kilómetros de distancia entre ellos. Creí que si George Clooney se había interesado por esta novela para dirigirla y protagonizarla (podremos ver su adaptación a la pantalla en diciembre en Netflix) seguramente es porque escondía un poco de acción de esa que tanto gusta en Hollywood. De repente, desde la primera página me vi sumergida en un mundo dominado por la quietud, la soledad y la inmensidad.

La sinopsis nos sitúa en los dos lugares totalmente diferentes, dos espacios que a pesar de todo comparten esa sensación de aislamiento tan importante para poder tratar el tema que encierran las páginas del libro. Un observatorio en el Ártico donde encontramos a Augie, el último astrónomo que queda en el lugar y a una niña llamada Iris que aparece allí, salida de la nada. A millones de kilómetros, volviendo a La Tierra desde Júpiter, la astronauta Sully comparte con sus compañeros de viaje la desesperación del silencio, nadie se comunica con ellos y han de volver a un lugar incierto en el que no saben qué van a encontrar.

De la forma más bella posible y mecido por descripciones tan evocadoras que te hacen compartir el espacio con los personajes, las páginas avanzan al ritmo de Space Oddity de David Bowie invitándote a conocer el lado más humano de dos personas que repasan su vida, sabiendo que aunque se arrepientan de lo que fue, si tuvieran que volver a vivir, recorrerían una vez más el mismo camino dando los mismos pasos.

Una pequeña joya que te hace pensar y disfrutar más allá de la lectura y que recomiendo leer sin ninguna duda.

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