Salir, beber, el rollo de siempre

«¡Qué irresponsables son los universitarios que hacen botellón!» dice un hombre de alrededor de 70 años jugando a las cartas con la mascarilla en el bolsillo.

«¡Nos han encerrado por culpa de los jóvenes que salen por la noche!» comenta una mujer después de haber besado a la amiga que acaba de encontrarse sentada en la terraza de una cafetería.

Las normas son sencillas: lávate las manos, usa mascarilla, respeta la distancia de seguridad y no te reúnas en grandes grupos. Se supone que si hacemos esto y somos cuidadosos, podremos pasar sin contagiarnos. Sin embargo, a pesar de darnos una claves tan sencillas, parece que no funciona, que los contagios siguen subiendo y que esto no hay quien lo pare si no es con cierres perimetrales (en todas las escalas), con toques de queda y con prohibiciones varias que nos restringen y constriñen cada día un poco más. Claro, como nos gusta señalar y echar balones fuera cuando se trata de buscar al culpable, lo más sencillo es culpar a los mismos de siempre, a esa juventud que no sabe quedarse en casa sin hacer botellón. Pero lo hacemos mientras nos reunimos en casa a beber una botella de vino con nuestros amigos, porque oye, nosotros somos adultos y sabemos lo que hacemos, o lo hacemos con la mascarilla medio bajada en la cola de correos o incumpliendo cualquier norma de contención que nos han «aconsejado» llevar a cabo, y es que, quien hizo la ley, hizo la trampa, y de eso nos estamos valiendo.

Por otro lado, cada vez se cierra más el cerco al virus y mientras que al principio pensábamos que con solo salir a la calle podíamos contagiarnos, ahora sabemos que es complicado contagiarse mediante un objeto y que aunque pasemos unos segundos junto a alguien positivo en Covid-19 tampoco es probable que terminemos infectados. Por el contrario, nos han contado que permanecer encerrados y sin mascarilla durante unas horas con alguien que lo tenga (aunque mantengamos la distancia) es un foco de contagio casi seguro, los famosos aerosoles. Además, ahora sabemos que la incubación no es tan larga como se decía, que la inmunidad, de momento, dura hasta 7 meses y que hasta los asintomáticos pueden mostrar secuelas meses después de haberse infectados, vamos que el bicho es una joyita.

Lo que parecía que iban a ser unos meses de incertidumbre se están convirtiendo en un año de restricciones que amenazan con cambiar nuestra forma de vivir para siempre, la respuesta a qué va a pasar con nosotros la tendremos en el futuro, sin embargo, aunque pudiera verlo no sé si me atrevería a mirar en qué estamos convirtiéndonos. Mientras tanto solo nos queda la esperanza de algún día poder volver a «salir, beber, el rollo de siempre» sin terminar con la sensación de ser un asesino de masas.

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