Hace casi un año empezamos a escuchar que en China un nuevo virus la estaba liando parda. Nos reímos, vimos como en el lejano oriente se construían hospitales en tiempo record y pensábamos que «el bicho» nunca iba a traspasar nuestras fronteras, o lo que es peor, nos creímos inmunes, pensando que el COVID-19 (la COVID, en realidad) aquí no podría afectarnos. Bendito occidente que tiene la solución para todo.
Nos equivocamos. Lo que fueron risas y bromas se convirtieron en preocupación y caras desencajadas cuando vimos que en Italia las cosas se habían puesto feas, y no solo eso, parecía que el contagio era imparable, que la mortalidad era mayor de la esperada y que estábamos condenados. La OMS declaró el estado de pandemia.
El 14 de marzo de 2.020, después de unos tímidos intentos de contención por parte del gobierno, después de unas ligeras directrices para enfrentarlo, nos obligaron forzosamente a encerrarnos en nuestras casas, cundió el pánico. Lo que parecían 15 días de encierro se alargaron a prácticamente tres meses. Cumplimos, nos sacrificamos, aún sabiendo que lo estábamos pagando muy caro, que el parón económico nos llevaría a una nueva crisis.
El esperado verano nos dio un respiro. Salimos, disfrutamos, vimos a nuestros familiares y amigos, nos bañamos en las playas y piscinas, desgastamos las terrazas… y todo esto con mascarilla, distancia social y restricciones varias (con alto cumplimiento), aún así parece ser que la liamos. Aumentaron los casos, subió la presión asistencial y llegó el frío.
Desde el final del verano, nos hemos visto atrapados en una espiral de medidas restrictivas que nos impiden no solo llevar una vida normal, también nos impiden trabajar, ganar dinero, disfrutar de nuestro ocio, entrenar ciertos deportes, tomar unas cervezas con los amigos… Esta pandemia nos ha enseñado que vivir es sinónimo de morir. Además, esta pandemia ha creado un nuevo modelo de político autoritario que por «nuestro bien» limita nuestras acciones, que nos pide paciencia mientras no reconoce sus errores, que se dedica a señalar a los ciudadanos como culpables de la situación sanitaria y que tiene la desfachatez de llamar a estas medidas «castigo» porque parece ser que nos estamos portando mal.
Sí que estamos castigados. Castigados por un virus que nos ha permitido comprobar lo débiles que somos, castigados por una situación que ha mostrado la parte más egoísta del ser humano y castigados porque hace tiempo que dejamos nuestra vida en manos de personas que llegan a sus cargos totalmente borrachos de poder.
