El estribillo de una canción del grupo de rap Falsalarma nos pregunta qué vemos desde la ventana. En este caso, la intención de los autores no es ni mucho menos convertirnos en una especie de «vieja del visillo», es más bien una invitación a reflexionar acerca de la sociedad, protegidos por un cristal, consiguiendo separarnos de lo que está pasando, convirtiéndonos en el espectador de una película.
A lo largo de estos días de confinamiento, las ventanas se han convertido en el único contacto que muchos de nosotros tenemos con el mundo real. Más allá de lo que dice la canción, no miramos a la calle para ver la realidad tal y como es, la usamos para juzgarla a la medida de una nueva moral fruto de la situación. Desde que el pasado sábado 14 de marzo se decretara el Estado de Alarma, a menudo nos asomamos curiosos para asegurarnos de que nadie se haya atrevido a salir de la seguridad de su hogar. Si de repente encontramos que alguien pasea, rechistamos entre dientes o incluso, algún atrevido, más beligerante, increpa y cuestiona el por qué de la visita a la calle. No hay réplicas, si no estas en casa eres mala persona, no importa que salgas de trabajar, que hayas ido a comprar o que tengas que sacar al perro.


En estos días, las ventanas son escenario de momentos emotivos, de desgracias auditivas y de ridículos incontestables. Son un púlpito desde el que muchos se han convertido en jueces absolutos del bien y del mal, un observatorio de la realidad o un espacio de ocio.
Confieso que últimamente miro mucho por la ventana, confieso que aprovecho el menor movimiento para lanzar una foto y mostrar la realidad de lo que aparece ante mi. Me gusta pensar que me he convertido en el personaje de James Stewart en «La ventana indiscreta» y que a través de mi objetivo es posible que capte algo extraño. También es cierto, que me gusta más imaginarme como Grace Kelly y que, por supuesto, puedo caminar porque no se me ha roto la pierna.

